Pasos para ser un experto emocional

7 Pasos para hacer de tu hijo/a un experto emocional

Inteligencia emocional en la familia

 

La inteligencia emocional es fundamental el desarrollo del ser humano y para la relación con los demás, nos permite regularnos ante situaciones difíciles o que son un reto para nosotros/as.

Una adecuada inteligencia emocional nos permitirá pensar y actuar de una manera apropiada a lo que acontece en nuestra vida, con nosotros/as mismos/as y con los otros y adaptarnos adecuadamente.

En la actualidad estamos viviendo días difíciles, la pandemia ha cambiado nuestras rutinas y nuestra vida, y aún hoy en muchos lugares seguimos en la misma situación. Y si la inteligencia emocional es de suma importancia en nuestra vida cotidiana, en estos momentos es necesario prestarle aún más atención, tanto para mayores como para los más pequeños/as de nuestra familia.

No sabemos si volveremos a vivir una situación similar, pero para cualquier acontecimiento de nuestra vida y la de los pequeños/as, queremos ayudaros al autoconocimiento a través de las emociones y que podáis ayudar a vuestros hijos/as.

 

Dice Gandhi «La felicidad se alcanza cuando, lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía.»

Y este equilibrio es el que nos lo permite ser inteligentes emocionalmente.

7 Pasos para hacer de tu hijo/a un experto emocional:

 

1. Conocer las emociones básicas, cuáles son y sus funciones:

¿Qué significan cada una de ellas? Qué propósito tienen?

Miedo: nos motiva a actuar para evitar consecuencias negativas o para evitar un peligro, a través de la huida, del ataque o paralizándonos.

Rabia/Ira: nos motiva a luchar contra los errores y la injusticia. También poner límites. Es la emoción que sentimos cuando nos sentimos invadidas/as.

Tristeza: Nos motiva a pedir ayuda y apoyo de los demás. Mirarnos hacia dentro. Es la emoción que nos permite transitar los duelos y elaborar las pérdidas.

Alegría: es el motor de nuestra vida, nos motiva a reproducir ese acontecimiento, a celebrarlo y a compartirlo con los demás, con nuestro entorno.

Amor: nos acerca afectivamente a las personas y favorecen relaciones de intimidad.

Curiosidad: nos motiva a explorar y a adquirir nuevos aprendizajes

Asco: nos motiva a detectar que no podemos aceptar algo o a rechazar aquello que puede hacernos daño o nos lo hizo en el pasado.

Vergüenza: aunque algunos autores no la incluyan como emoción básica, ya que hasta aproximadamente los tres años no sentimos vergüenza, es una emoción que nos defiende de situaciones que no nos son agradables o al contrario, nos aproxima a aquellas que aprendimos como agradables.

Es una descripción breve, pero que puede ayudarnos a entender que todas las emociones, incluidas las que calificamos como desagradables, tienen una función y están ahí para ser sentidas, darnos información y protegernos.

2. Reconocer las emociones básicas en nosotros/as mismos/as y en los/as demás. Ayudarles a ponerle nombre.

Es importante saber reconocer qué estamos sintiendo en un momento determinado, ello además nos permitirá mentalizar, entender en el otro qué emoción siente.

Es decir, primero aprende en ti a reconocerlas para poder ayudar a los más pequeños/as, para ello, los adultos/as también debemos revisar cómo gestionamos nuestras emociones, si las reconocemos, si sabemos identificar qué sentimos, y dónde y cuándo las sentimos, en qué situaciones sentimos una u otra y qué nos quieren decir.

Con los más pequeños/as podemos ayudarnos de cuentos, como el “Monstruo de colores” o el “El Emocionario” . Hay muchos más, es sólo una muestra de alguno de los más conocidos que usamos en AGua Psicología.

 

3. Validar las emociones que nuestros hijos/as están experimentando, es decir, permitir y atender la emoción, sin interpretar y sin juzgar.

Las emociones no se juzgan y validar las emociones de nuestros hijos/as es permitirles sentirlas, su sentir concreto en un momento concreto ante algo concreto.

No reprimas la emoción, ponle nombre cuando ocurra en ti y también cuando ocurran en tu hijo/a, le permitirá entenderse a través de ti y se sentirá respetado con tu permiso y no juicio. «Hoy estoy muy enfadada», «Me alegro de verte», «Estás enfadado porque no te puedes tomar helado ahora, y después de comer puedes pedirlo de postre». Son ejemplos diarios para aprender sobre las emociones.

Un ejemplo para ilustrar cómo podemos ayudar a validar la emoción:

Imagina que tu hijo o hija sale del colegio con mucho enfado, dice haber discutido con otro niño/a.

Una respuesta que solemos presenciar ante este hecho, con toda la buena intención de las mamás y papás, es decirle «no pasa nada cariño, ya se os pasará», o «eso es una tontería, no hagas caso», “mañana se habrá olvidado”.

Transmitimos un mensaje que puede confundir, restamos importancia a un hecho que sí la tiene para el niño/a, no validamos la emoción y no estamos ofreciendo la oportunidad de conocerse y aprender a gestionar la emoción sentida, sino que propiciamos la desconexión y desconocimiento emocional y de nuestro cuerpo.

¿Cómo podríamos darle una respuesta más adecuada?

Primero valida su emoción «Vaya cariño, parece que esto que te ha pasado te ha enfadado mucho, es así?» o «María no ha querido jugar contigo hoy y te sientes mal, verdad?”, dependerá de la emoción que detectemos en nuestro hijo/a (enfado, tristeza…) y a partir de ahí, favoreceremos que exprese y pueda contar cómo se siente, qué ocurrió y cómo podrá resolverlo.

4. Aprender a regular las emociones. Enseñar estrategias para gestionarlas y canalizarlas. Diferenciar entre emoción y conducta.

Emoción, palabra que proviene del latín: emovere, que significa movimiento. Es un movimiento hacia… depende de la emoción que sintamos, nos dirigirá hacia una forma u otra de actuar y a desear dirigir el movimiento hacia dentro o hacia fuera. Es decir, las emociones nos sirven de guía, como una brújula.

Tanto si las emociones que sentimos las calificamos como agradables o desagradables, no hay ninguna emoción que podamos considerar contraproducentes, lo que sí puede ser contraproducente es la conducta elegida, nos va a dar información sobre nosotros/as y los demás.

Es muy importante entender que “las emociones siempre hay que reconocerlas, aunque no siempre hay que actuarlas”. Y esto quiere decir, que aunque guíen y me ayuden a comportarme de una u otra manera, no tenemos que actuar la emoción. Quizá necesito encontrar formas aceptables de expresarlas.

Nuestros hijos/as aprenden a través de nosotros/as, somos su espejo.

Seguro que queda mas claro con un ejemplo. Si piensas en una situación que te produzca mucha rabia, actuar la rabia sería agredir a alguien o algo, verdad? “demostrar mi enfado”. Sin embargo, la emoción no te lleva a la actuación necesariamente, sino que identificada mi rabia puedo tratar de averiguar qué es lo que me produce la rabia para hacerme cargo y tratar de resolverlo, por ejemplo, si siento rabia ante una injusticia, mi comportamiento puede ser poner límites a esa situación. O descargar esa energía emocional que siento sin hacer daño a nadie, a través de estrujar una toalla, golpear un cojín o saltar, correr, poniendo toda la intención en sacar mi rabia.

La rabia me guió en mi comportamiento, pero no actué mi rabia ni hacia mi ni hacia otro.

5. Toma de conciencia de la emoción sentida.

Ya estamos muy cerca de ser unos expertos emocionales, ahora el siguiente paso: La toma de conciencia de nuestras sensaciones será siempre un objetivo primordial.

La toma de conciencia es darme cuenta de las sensaciones corporales que me produce una emoción, detectar y nombrar esa emoción, y así, una vez reconocida e identificada, podré reflexionar sobre mis pensamientos y sobre la mejor manera de actuar.

 

Esta toma de conciencia va a evitar que actuemos la emoción y también a no actuar en piloto automático, nos permitirá ir desarrollando una adecuada gestión emocional, que parte de nuestro autoconocimiento y de nuestra regulación.

Como decíamos antes, nuestros hijos/as aprenden de lo que ven en nosotros/as, por ello es tan importante que nosotros sepamos gestionar adecuadamente las emociones.

6. Actuar las emociones de forma adaptativa.

Hasta aquí hemos visto 5 pasos: el primero es el conocimiento de nuestras emociones, para poder después identificarlas en nuestro cuerpo y poder darle nombre al sentir. El tercer paso requiere validar el sentir, no juzgarlo ni restarle importancia para que después podamos decidir la mejor manera de actuar que pasará por los pasos de regulación y gestión emocional (no actuar la emoción, no actuar en automático) y por la toma de conciencia (sensación-emoción-pensamiento-conducta).

Cuando acontece una situación que genera malestar:

Para, respira…. Permítete el sentir, obsérvate y toma conciencia de lo que estás sintiendo en el cuerpo: ¿qué sensaciones tienes en el cuerpo?, ¿qué emoción identificas? Ponle nombre, ¿qué pensamientos unes a esa sensación? Respira… eres más que tu emoción, ¿qué puedes hacer? Cómo actuar?

Esta es la forma en que puedo regularme y de esta forma, ayudar a regularse a mis hijas e hijos. Es necesario recordar, que las niñas y los niños, no pueden regularse solos, necesitan de un adulto regulado para poder hacer a través de él o de ella.

Si el adulto/a se desregula, difícilmente va a poder acompañar o ayudar a gestionar las emociones a su hijo/a.

Y por último,

7. Establecer una historia de lo ocurrido.

Qué quiere decir esto? No es más que reflexionar y ponerle palabras, poder narrarlo.

Para narrar mi experiencia vivida he debido reflexionar previamente, no puedo narrar desde la inconsciencia.

He sentido (sensaciones), he identificado la emoción, le añado pensamiento (genero hipótesis sobre los motivos que me llevaron a sentirme de esa manera concreta) y así puedo explicar, narrar o dotar de sentido a mi comportamiento posterior.

De esta reflexión podré narrarme y narrar lo ocurrido. Y de aquí surgirá el aprendizaje.

Un último ejemplo que nos ayudará a modo de resumen:

Mi hijo/a no me hace caso, empiezo a enfadarme, siento rabia, por qué siempre pasa igual? “siempre hace lo mismo” “nunca me hace caso” (los siempre, nunca… merecen un artículo a parte)

Si tomamos conciencia de lo que me está sucediendo y de la situación, y tenemos cierta inteligencia emocional, podemos describir los siguientes pasos:

Sensaciones: estoy sintiendo un pinzamiento en el estómago, me noto nerviosa/o.

Emoción: siento rabia, me enfada que no me haga caso.

Pensamiento:  ¿qué está pasando? haciendo consciente mis cambios corporales, mis sensaciones, la emoción, escucho mis pensamientos, empiezo a notar no me escucha, que acabo de repetirlo y no parece oírme, ¿me ha oído y se hace el sordo o no me ha prestado atención?, voy a asegurarme ser escuchado/a.

Acción: me sitúo ante él, a su altura si es pequeñajo/a y le repito lo que ya le había dicho, asegurándome la escucha activa, mirándole a los ojos.

Narrar: es la parte que completa todo lo anterior, es narrar cómo me sentía cuando no me escuchaba o creía que no me estaba escuchando, cómo me hacía sentir, lo que he pensado hasta que he decidido lo que voy a hacer.

Narrando mi experiencia en este caso, además de regularme y gestionar adecuadamente mi emoción, favorece mi autoconocimiento y puede ayudar a mi hijo/a a través de mi narrativa, a favorecer su inteligencia emocional y su aprendizaje.

Recordemos que se regulan a través de nosotros/as y de nuestra actitud. Sería explicarle lo que me hizo sentir, qué llegué a pensar y cómo decidí comportarme.

Entendiendo que todo este aprendizaje en él se completará cuando sea mucho más mayor de lo que es ahora. Los expertos hablan que el total desarrollo se produce alrededor de los 24 años. Todo un reto para los padres/madres.

 

¿Qué te parece ponerlo en práctica? ¿Necesitas ayuda? 

Sonia Cantos y Montse Amo.

Psicólogas y Psicoterapeutas Humanistas

AGua Psicología Guadalajara

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